
El debate abierto en los grupos sociales en que participo sobre las conversaciones fallidas para alcanzar listas de unidad de la izquierda en Aragón me ha generado una sensación amarga: se centra en una especie de reparto de responsabilidades de la ruptura. En el fondo, se discute sobre cuestiones irrelevantes y se desvía el foco de lo que debiera ser importante para el problema que nos ocupa. Algo así como si los árboles impidieran ver el bosque.
Si en un ejercicio de ciencia ficción supusiéramos que cada una de las tres candidaturas (Cha, IU y Podemos) alcanzase el 10% en las tres circunscripciones y el PSOE rondase el 20% nadie estaría hablando de listas unitarias y la conversación sería sobre qué tipo de mayoría, con qué programa y qué gobierno se forma.
Si las listas unitarias están sobre la mesa es porque se piensa que pudieran ser el bálsamo de fierabrás para evitar el gobierno de las derechas extremas. Dos razones suelen aportarse. La primera es que permite sortear las trabas que impone la ley d’Hont para las candidaturas pequeñas y la segunda, que animaría la participación de la gente de la izquierda. Permitidme ser escéptico sobre ambas cues3ones.
Para ilustrar la primera se suele poner el ejemplo de los resultados de las úl3mas municipales en Huesca capital, donde 4 listas con porcentajes de votación superiores al 4% se quedaron sin representación. O Zaragoza, donde tanto Podemos como CHA quedaron fuera del ayuntamiento. Sin embargo, en las autonómicas, la ley d’Hont no supone una corrección importante de la proporcionalidad. La barrera nominal del 3% viene a ser la cifra mínima para alcanzar un escaño en la provincia de Zaragoza, donde hasta el momento todos lo han obtenido. Para Huesca o Teruel, el menor número de puestos a repartir exige porcentajes de votación más altos.
El hecho es que, con los datos de elecciones recientes, ni sumados los votos de las tres y otorgándoles un plus, daría para alterar la situación actual. Por tanto, no existen incentivos para el acuerdo.
Una extrapolación de los resultados de las últimas elecciones europeas (en las que CHA e IU iban juntos) proporciona una composición de la cámara muy similar a la actual. Aumentos de, por ejemplo, un 10% de los votos atribuibles a una hipotética lista unitaria no alteraría en lo sustancial la situación actual. Por tanto, no existen incentivos a un acuerdo. Y de darse la ganancia, no pasaría de ser la pequeña alegría en la casa del pobre de la que hablaba Cayo Lara, cuando mejoró el resultado de IU en un parlamento en el que la derecha contaba con una abultada mayoría absoluta.
El verdadero problema es que hoy no hay votos suficientes en el conjunto de la izquierda. ¿Serviría una lista unitaria para animar la participación? Sin duda, algo la animaría, aunque fuéramos conscientes de que se hubiera confeccionado para salir del paso (un tente mientras cobro), sin los mimbres necesarios para asegurar el trabajo en común en el medio y largo plazo. Pero eso no serviría para recuperar los 80000 votos perdidos desde 2015, ni tan siquiera para alterar en lo sustancial los resultados previsibles. Uno o dos escaños adicionales no ponen freno a la ultraderecha.
Y el crecimiento en votos no puede ser importante porque el espectáculo que hemos vivido en los últimos años no se olvida fácilmente y requiere rectificaciones creíbles. Las polémicas (por denominarlo suavemente) en listas y coaliciones en las sucesivas contiendas electorales, el incumplimiento de promesas, o la falta de una explicación razonada de las posiciones políticas adoptadas, en cuestiones consideradas esenciales (desde la derogación de la ley mordaza o la reforma laboral, la falta de solución al problema de la vivienda, el incremento desorbitado del gasto en defensa, o la gesticulación sin consecuencias prácticas frente al genocidio del pueblo palestino), promueven el desánimo y la falta de confianza en que el voto sirva para algo.
A la imagen generada por los errores propios hay que agregar la contribución de las cloacas mediáticas, policiales y judiciales, sin que se les haya intentado poner coto colectivamente. Al contrario, se han usado en las batallas internas.
El problema es que hay mucha gente para quien la esperanza de hace diez años se ha trocado en decepción. Y ese sentimiento conduce a no votar por quien le ha defraudado. No por ir unidos o separados, sino por no haber cumplido con las expectativas.
La unidad no es sólo juntar nombres en una lista, ponerse de acuerdo en el orden y en el reparto de los costes y beneficios de la operación. Requiere confianza y camaradería, un proyecto compartido, una organización interna democrática y transparente y mecanismos de resolución de las diferencias. Y experiencia práctica en la unidad por abajo en el trabajo cotidiano de las militancias. Y eso requiere tiempo y voluntad. Nada de esto parece estar en la agenda.
Por eso creo que la discusión actual sobre las listas unitarias no es otra cosa que un trampantojo táctico, constructor de relatos, que tan sólo conduce a profundizar en los enfrentamientos, acentuar las heridas preexistentes y generar otras nuevas, lo que hará más dificil una confluencia futura que sí es imprescindible. Porque en unas elecciones municipales, en las que el número de puestos es más reducido y el límite inferior es del 5%, el perjuicio de la desunión es constatable. Y, por supuesto, en las elecciones al Congreso, donde los porcentajes requeridos para el escaño superan el 15 o el 20% no hay otra opción si se quiere pintar algo.
Analizar porqué se han perdido esos miles de votos y la forma de recuperarlos debería ser el objeto del debate y eso no se consigue con una unidad de mesa camilla. Seguramente, es necesario comenzar con la crítica y la autocrítica que haga posible generar la confianza necesaria para desarrollar un proyecto común que despierte las ganas de participar.
No quiero ser derrotista, ni quiero contribuir a la abstención. Querría que el cambio en el foco de la discusión evitase esa guerrilla electoral iniciada que tan sólo contribuirá a profundizar y ampliar las filias y las fobias actuales, haciendo más dificil el debate que hará falta en el futuro.
Pedro García Castrillo
Expresidente de MHUEL